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A puerta cerrada

Publicado: 14 / 05
Categoría: Fútbol

A puerta cerrada

Publicado: 14 / 05
Categoría: Fútbol

Nunca sigo Instagrams de futbolistas. Bueno, nunca los seguía. Porque desde hace unas semanas los sigo a todos. Sigo a uno, entro en sugeridos y le doy a seguir a otro. Seguir, seguir y seguir. Hay veces que acabo siguiendo plantillas enteras de la tercera división croata de equipos que ni siquiera conozco, de los que no he oído hablar en mi vida. Hago un poco lo que todos hacemos en la vida. Seguir, seguir y seguir. Sin saber a veces muy ben por qué seguimos.

Ahora, cada vez que abro Instagram, me abordan fotos y frases de futbolistas todo el tiempo. Fotos entrenando o jugando. Los lunes son mi día preferido de la semana. Me siento en la parada del bus y desato el torrente de la no-novedad. Los posts de Instagram. La mayoría de ellos tienen dos líneas filosóficas: Si han ganado ponen “+ 3 y seguimos” y si pierden “a seguir trabajando”. Yo me estremezco pensando que esta línea de pensamiento llegue a colonizar nuestras mentes. Me estremezco porque no sé dónde quedamos los que usamos 800 palabras para expresar una idea absurda, los que nos rayamos por todo.

Es algo que me incomoda porque cumple al mismo tiempo una función extremadamente prosaica y otra puramente mediática. Por una parte, los devuelve a su condición de simples trabajadores, de deportistas. Por otra, si no fuesen estrellas de una u otra constelación (más grande o más pequeña, más cercana o más alejada), a nadie le importaría. Imaginad todos los viernes fotos de altísima resolución de un tipo cambiando una correa de distribución de un coche con el texto: “+3 válvulas EGR y seguimos”. O unan empleada de un banco poniendo “cinco seguros escolares más tramitados, gracias por estar ahí en las buenas y en las malas, clientela” lanzándole besos al mostrador.

Y la culpa de todo esto no la tienen ni siquiera los propios futbolistas, sino la psicología deportiva. Esta es la encargada del entrenamiento más complicado de un deportista de élite, el entrenamiento mental para poder soportar la derrota y la victoria, para recoger la energía del público o inhibir su desprecio. Es un ejercicio mental constante de cartesianismo, de conocer los hechos para obtener siempre el máximo provecho de cada situación. La psicología deportiva es pragmática, entrena al deportista para que rinda mejor y no puede hacer otra cosa, es su trabajo, uno de esos trabajos en los que no puedes postear en Instagram: “-3 traumas infantiles, seguimos”.

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Althusser hacía una crítica general de la psicología clínica a este respecto, acusándola de volcar sobre el individuo el sobre esfuerzo de adaptación a la sociedad, de ser un simple entrenamiento conductual para mermar el sufrimiento que produce no compartir relato o valores con esta, sin llegar a plantearse si estos valores son aceptables o no. Algo así como lo que nos pasaba de pequeños cuando nos poníamos enfermos, que nuestros padres y madres nunca culpaban al frío de los pabellones municipales, sino a que nunca nos poníamos el chaquetón después de entrenar.

El profesor García Caballero comentaba esto en unas charlas sobre salud mental en Galicia en la Facultad de Medicina. Allí también comentaba que existe un cambio de paradigma en nuestras familias desde los años 80. Los padres y madres ya no piden a sus hijos que sean honrados, trabajadores y no tengan vicios y a sus hijas que sean obedientes y buenas cuidadoras. Destacando lo positivo que era que esta división de género terminase (aparentemente), también advertía que las nuevas pretensiones dejaban un escenario problemático: sólo les pedían a sus hijos que fuesen felices. Poca cosa. Si nos preguntasen a cualquiera qué es ser feliz, la mayoría seguramente responderíamos con frases de anuncios de coches, de influencers o de futbolistas. Ahí está el problema de adaptarse a los valores mayoritarios y no de plantearlos. El problema de no rayarse por nada.

A puerta cerrada el fútbol queda desnudo. Ya no se oyen canciones, sino indicaciones entre centrales. No hay previa. No hay banderas. No hay tradiciones. No se tiran ajos al campo para espantar a las meigas. Queda lo que realmente es, solamente un partido de fútbol. El objetivo sigue siendo el mismo, +3 y seguir. Pero hay un silencio que lo nubla todo y te preguntas: ganar, ¿para qué?